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Amb un Café i una Llei

La gran tragedia moderna: dejar vivir a los demás

La gran tragedia moderna: dejar vivir a los demás
Sabrina Laranjo

La humanidad ha llegado a un nivel de evolución espectacular. Antes la gente sobrevivía cazando mamuts; ahora sobrevivimos ignorando problemas mientras hacemos scroll en el móvil a las tres de la madrugada.

Vivimos tiempos extraordinarios. El planeta se calienta, los alquileres parecen pensados para multimillonarios, trabajar ocho horas ya no garantiza llegar a fin de mes y la ansiedad prácticamente se ha convertido en animal de compañía. Pero tranquilos: lo más importante es que un famoso ha colgado una foto misteriosa en Instagram y necesitamos analizarla como si fuera un documento secreto de Estado.

 La sociedad moderna funciona gracias a un delicado equilibrio entre el caos absoluto y nuestra increíble capacidad de fingir que todo es normal. Hay gente que desayuna café, malas noticias y una subida del precio de la luz, y aun así responde «bien, tirando» cuando le preguntan cómo está.

Los gobiernos prometen soluciones con la misma convicción con la que la gente promete empezar el gimnasio en enero. Todo el mundo sabe que no pasará, pero seguimos fingiendo entusiasmo porque las mentiras compartidas crean comunidad.

Y luego están las redes sociales, ese lugar mágico donde alguien puede hundirse emocionalmente porque ha perdido seguidores mientras otra persona explica que no puede pagar el alquiler. Prioridades absolutamente equilibradas.

 Lo más fascinante es nuestra capacidad de adaptación. El ser humano puede acostumbrarse a cualquier desastre siempre que tenga wifi. Cae el sistema sanitario, sube la inflación, empeoran las condiciones laborales… pero mientras el vídeo cargue en HD, nosotros seguimos adelante como auténticos profesionales de la decadencia.

Reír hace más soportable el desastre. Pero quizá el problema no sea solo la crisis. Quizá el problema real es que nos hemos acostumbrado tanto que ya forma parte del paisaje.

 Hay noticias que sorprenden. Descubrimientos científicos, avances médicos, gente que aún sabe aparcar sin ocupar dos plazas… y luego están esas otras noticias que no deberían seguir existiendo pero que, desgraciadamente, siguen apareciendo como las facturas a finales de mes: campañas contra la LGTBI-fobia.

Este año, el Gobierno de Andorra ha impulsado la campaña «Aún pasa», destinada a visibilizar situaciones de discriminación contra el colectivo LGTBI. El nombre es acertadísimo. Corto, directo y tristemente necesario. Porque sí, aún pasa. Todavía hay personas incapaces de superar el hecho traumático de que dos personas se quieran o que alguien decida vivir su identidad con libertad. Un drama nacional, al parecer.

 La campaña reproduce situaciones cotidianas de discriminación que a menudo pasan desapercibidas o se normalizan. Y esto es lo más fascinante de todo: la capacidad humana de convertir la intolerancia en costumbre. Como quien ya no oye el ruido de la nevera porque convive con él desde hace años.

Comentarios «de broma». Miradas. Risas. El mítico «yo no tengo nada en contra, pero…», probablemente una de las frases más peligrosas de la lengua moderna. Una expresión que siempre va seguida de alguna barbaridad digna de un foro de internet de 2007.

Lo más espectacular es que mucha gente sigue pensando que la LGTBI-fobia ya no existe. Claro que sí. Igual que el machismo, el racismo y las dietas después de Navidad. Todo solucionado. Felicidades, humanidad.

Hay personas que sinceramente creen que reclamar respeto es «exagerar». Porque aparentemente hay gente que considera que poder insultar o discriminar tranquilamente forma parte de la libertad de expresión. Una idea curiosa, sobre todo porque suele venir de personas que se ofenden si les cambian la leche entera por la semi.

Y mientras algunos dicen que «ahora no se puede decir nada», las estadísticas, las denuncias y las experiencias reales siguen demostrando exactamente lo contrario. Todavía hay adolescentes con miedo a decir quiénes son. Todavía hay personas que evitan dar la mano a su pareja en público. Todavía hay familias que convierten el amor en un interrogatorio. Pero tranquilos, seguro que el problema es que hay demasiadas banderas de colores una vez al año.

La campaña también recuerda los recursos disponibles: correos de apoyo, teléfonos de atención y asociaciones como Diversand y Horitzons, que trabajan para que la gente pueda vivir con algo aparentemente revolucionario: dignidad.

Y aquí llega la parte realmente absurda de toda esta historia: que todavía hagan falta campañas así. Imaginemos explicarlo hace cincuenta años: —Mira, en el futuro tendremos inteligencia artificial, coches eléctricos, relojes que cuentan pasos y gente discutiendo en internet porque dos mujeres se dan un beso. Evolución tecnológica espectacular. Evolución mental… ahí vamos.

La sociedad moderna es extraña. Puedes ir al espacio, pagar con el móvil o ver una película en 4K desde el váter, pero todavía hay personas incapaces de aceptar que no todo el mundo vive, ama o siente igual que ellas. Es como descubrir el fuego nuclear y seguir asustándose de un arcoíris.

El problema de la discriminación no es solo el insulto evidente. Es también el silencio cómodo. La risa nerviosa. El «no es para tanto». La capacidad colectiva de mirar hacia otro lado porque en el fondo es más fácil no complicarse la vida. Hasta que el problema te toca a ti, a tu hijo, a tu hermana o a tu amigo. Entonces sí que deja de ser «una exageración moderna».

Y precisamente por eso existen campañas como «Aún pasa», impulsada por el Gobierno de Andorra con motivo del Día Internacional contra la LGTBI-fobia. Un nombre sencillo, directo y bastante revelador. Porque sí, aún pasa. Todavía hay comentarios disfrazados de «humor», miradas incómodas, bromas que no tienen gracia y ese deporte nacional tan practicado que consiste en juzgar la vida ajena mientras la propia parece una serie cancelada a mitad de temporada.

Curiosamente, hay bromas que solo hacen gracia a quien las cuenta.

Lo más curioso es que mucha gente sigue convencida de que la discriminación ya es cosa del pasado. Como los DVD o los módems que hacían ruidos demoníacos. Pero resulta que no.

Es admirable, en cierta manera, esta capacidad humana de complicar lo que no debería ser complicado.

Y quizá esto es lo que intenta recordar la campaña: que la normalidad no debería ser aguantar odio en silencio. Que respetar no es un favor ni una ideología. Es el mínimo indispensable para convivir sin convertir la sociedad en un patio de colegio eterno.

Porque sí, aún pasa. Y el hecho de que siga pasando en 2026 no es solo ridículo. Es profundamente triste... el día que una campaña así deje de ser necesaria será cuando podremos decir, de verdad, que hemos avanzado en algo más que en la velocidad de internet.

La campaña también recuerda algo importante: que detrás de cada «comentario inocente» hay personas reales. Personas que muchas veces crecen escuchando que son «extrañas», «demasiado sensibles» o «diferentes». Y llega un punto donde el problema ya no es un insulto concreto, sino el desgaste constante de tener que justificar la propia existencia ante una sociedad que a menudo examina demasiado y escucha demasiado poco.

Pero tampoco se trata de convertir todo en una guerra eterna en internet, que ya tenemos suficiente con las discusiones sobre la piña en la pizza. El mensaje es bastante más simple: respetar no cuesta tanto. De hecho, probablemente consume menos energía que indignarse por la vida privada de un desconocido.

Lo más triste de todo es que todavía haga falta recordarlo con campañas oficiales. Porque esto significa que, pese a los avances, todavía hay situaciones que siguen ocurriendo con demasiada frecuencia y demasiado silencio.

Detrás de cada «comentario inocente» hay personas reales. Personas que muchas veces crecen escuchando que son «extrañas», «demasiado sensibles» o «diferentes». Y llega un punto donde el problema ya no es un insulto concreto, sino el desgaste constante de tener que justificar la propia existencia ante una sociedad que a menudo examina demasiado y escucha demasiado poco.

Y sí, podemos hacer humor. De hecho, el humor es una de las mejores herramientas para exponer contradicciones absurdas. Pero el buen humor no necesita humillar a nadie. El sarcasmo inteligente no apunta hacia quien sufre discriminación, sino hacia la ridícula necesidad de seguir discriminando.

 Porque al final la pregunta no es por qué existen estas campañas.

La pregunta real es: ¿cómo puede ser que todavía sean necesarias?

 

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“Si això fos una conversa, ara tocaria un cafè.”

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