Sabrinalaranjo

Amb un Café i una Llei

Torres y pelotas fuera

El debate de las torres en Andorra ya parece una partida de pádel institucional: todo el mundo se pasa la pelota, nadie quiere quedársela y al final el público paga la pista. (Tranquilos, no es literal, es una metáfora... de momento).

Lo más impresionante no es que nadie tenga claro si quieren torres. Lo más impresionante es que hace años que se construyen mientras las instituciones siguen hablando como si acabaran de descubrirlas desde un helicóptero de rescate.

La velocidad con la que desaparecen las contradicciones cuando hay grúas de por medio. Todo el mundo dice estar preocupado por la vivienda, la saturación, el tráfico y la presión urbanística… pero las torres siguen apareciendo con la misma naturalidad que setas tras la lluvia.

Gobierno dice que parte de las competencias son de los comunes. Los comunes dicen que el Gobierno también tiene muchas. Y así tienes al país funcionando como aquellas parejas que se pelean por ver quién baja la basura mientras la cocina ya se está quemando.

La parte más cómica es ver a instituciones discutiendo sobre quién tiene la responsabilidad. Es una escena preciosa: todos dentro del mismo barco, el agua entrando por todas partes y la tripulación debatiendo quién lleva exactamente el cubo oficial.

La situación tiene una energía espectacular de comunidad de vecinos discutiendo sobre una gotera… mientras en medio del salón ya hay un submarino nuclear aparcado.

El problema es que Andorra ha descubierto una forma revolucionaria d’urbanismo: construir primero y reflexionar después. Es arquitectura cuántica. Las grúas aparecen antes que las ideas.

Y ahora todos hablan de “estudios de carga”, que suena muy técnico y sofisticado, pero en realidad es la manera administrativa de preguntarse:
—Oigan… ¿quizá se nos ha ido un poco la mano?

La mejor parte es la frase “tenemos que decidir qué queremos para este país”. Fantástico. Siempre llega justo después de haber levantado veinte plantas de hormigón delante de la ventana de alguien que antes veía montañas y ahora ve cocinas de lujo con LED azul.

Todo ello recuerda a aquellos dibujos animados donde el personaje ya ha corrido fuera del precipicio pero aún no ha mirado abajo. Andorra sigue caminando sobre el aire gracias a la fe, a los inversores y a una cantidad industrial de renders en 3D.

Y el drama es que nadie parece querer decir claramente lo que pasa: el país tiene una relación con la construcción parecida a la de un ludópata con las máquinas tragaperras. Cada vez que aparece una torre nueva, alguien dice: “Una última y paramos.”

La situación ya es tan absurda que cualquier día inaugurarán una torre con un discurso sobre la necesidad urgente de preservar el paisaje.

Cada torre nueva parece decir:
—Tranquilos, aún queda un poco más de paisaje por tapar.

La ironía definitiva es que todo el mundo habla de “preservar el país” mientras el país cada vez se parece más a una captura de pantalla de un videojuego inmobiliario hecho por gente que jamás ha caminado por la calle.

Mientras tanto, el ciudadano normal contempla los precios de la vivienda como quien mira relojes en un aeropuerto de Dubái: con curiosidad científica pero sabiendo perfectamente que aquello no es para él. El ciudadano normal ya no busca piso. Busca milagros, herencias o familiares ricos escondidos.

Pero tranquilidad: seguro que pronto harán otra reunión para estudiarlo. Andorra ya no necesita más torres. Necesita una excavadora gigante para desenterrar la responsabilidad política que ha quedado sepultada bajo tanto cemento.

Hay un momento preciso donde un país deja de crecer y empieza simplemente a apilarse.

Y después nos venden el discurso de “repensar el modelo de país”, que es maravilloso porque llega aproximadamente veinte años después de haber empezado a destrozarlo.

Es como incendiar la cocina y convocar una reunión para debatir si el humo es sostenible.

Y el drama es que todo se hace con aquel tono institucional lentísimo, casi zen, mientras el país se transforma a velocidad de tráiler de Netflix. Las administraciones reaccionan con la rapidez de un Windows XP abriendo un PDF de 600 páginas.

Ahora todo el mundo habla de “límites”, “capacidad” y “equilibrio territorial”. Fantástico. Exactamente lo mismo que dice alguien después del sexto gintónic.

El problema no es solo construir. El problema es esa sensación de que el país se ha convertido en una especie de casino inmobiliario vertical donde cada promoción nueva promete “exclusividad” mientras la población local mira los precios como quien observa un menú sin precios en un restaurante de Mónaco: con miedo.

Y luego está el gran mito:
—Aún queda espacio.

Claro. También quedaba espacio en el Titanic.

Y cuando finalmente alguien dice “quizá nos hemos pasado”, siempre aparece un estudio, una comisión o una mesa de trabajo. Andorra afronta los problemas como esa gente que, ante un tiburón, decide primero redactar el acta de la reunión.

Lo más triste es que el país antes vendía tranquilidad, paisaje y calidad de vida. Ahora parece vender renders, cristal ahumado y la promesa de que algún día aún quedará sol entre dos torres para ver una montaña.

 

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“Si això fos una conversa, ara tocaria un cafè.”

Sabrina Laranjo

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