Amb un Café i una Llei
"Escenas que atrapan, no parpadees 1"
“Todo expediente oculta algo. Incluso lo que nunca existió.”
Capítulo 1- El expediente
El expediente apareció un lunes.
Nadie supo quién lo dejó allí.
A primera hora, cuando Yara llegó a la oficina, ya estaba sobre su mesa. Entre informes pendientes, cafés frios y notas adhesivas mal pegadas.
Un archivador gris.
Sin nombre del departamento.
Sin número de referencia.
Solo una palabra escrita en la portada:
“Vany”
Yara la miró unos segundos antes de sentarse.
-¿Esto de quién es?- preguntó.
Nadie respondió.
Filipe, desde la otra punta de la sala, levantó la vista del ordenador.
-Déjalo.
-¿Perdón?
-Que lo dejes.
Yara soltó una pequeña risa
- Llevo cinco años aqui. He visto expedientes peores.
- No como ese.
La forma en que lo dijo hizo que el ambiente cambiara un poco
No fue miedo
Fue esa incomodidad rara que aparece cuando alguién sabe algo que tú no.
Yara abrió el archivador.
Dentro había muy poco.
Una fotografía.
Una hoja mecanografiada.
Y un sobre cerrado.
Cogió primera la fotografía
Una mujer sentada sola en una estación de tren.
Miraba directamente a cámara.
Detrás, escrito a mano, había una frase:
“Ella sí lo recuerda.”
Yara frunció el ceño.
—¿Quién es?
Filipe tardó demasiado en contestar.
—No lo sé.
Mentía.
Se notaba.
Yara dejó la foto sobre la mesa y abrió la hoja mecanografiada.
Solo había una línea.
El expediente nunca existió.
Nada más.
Ni fecha.
Ni firma.
En ese momento, todas las pantallas de la oficina parpadearon.
Solo un segundo.
El tiempo suficiente para que apareciera un mensaje:
ACCESO NO AUTORIZADO
Y después desapareció.
La oficina quedó en silencio.
Nadie dijo nada.
Nadie parecía sorprendido.
Y eso fue lo que más inquietó a Yara
Capítulo II- La mujer de la fotografía
Yara no volvió a abrir el expediente en toda la mañana.
Intentó convencerse de que estaba exagerando.
Que era solo un archivador viejo aparecido en una oficina todavía más vieja.
Nada más.
Pero cada vez que apartaba la vista de la pantalla del ordenador, sentía la necesidad de mirar el cajón inferior del escritorio.
Como si algo dentro siguiera esperando.
La oficina estaba extrañamente tranquila aquel lunes. El sonido de los teclados, el murmullo de conversaciones lejanas y el zumbido constante de las luces formaban una rutina casi hipnótica.
Normal.
Demasiado normal.
Y eso empezaba a incomodarla.
Yara miró el reloj.
11:12.
Suspiró, abrió el cajón y sacó el expediente otra vez.
El archivador gris cayó sobre la mesa con un golpe seco.
Sin número.
Sin sello.
Sin referencia.
Solo aquella palabra escrita a máquina en la portada:
“Vany”
Todavía no entendía por qué ese nombre le resultaba familiar.
Abrió el expediente lentamente.
La fotografía seguía encima de todo.
La mujer sentada en la estación vacía.
La había observado al menos diez veces aquella mañana, pero algo seguía molestándole.
No era la expresión.
Ni el lugar.
Era la sensación de conocerla.
Y Yara estaba segura de que jamás había visto a aquella mujer.
Cogió la fotografía entre los dedos.
La estación parecía abandonada.
Sin carteles.
Sin relojes.
Sin nadie alrededor.
Solo ella.
Mirando directamente a cámara.
Como si supiera que alguien acabaría encontrándola.
Yara giró la imagen.
La frase seguía escrita detrás:
“Ella sí lo recuerda.”
Esta vez se fijó en algo diferente.
Había marcas debajo de la tinta.
Muy débiles.
Se levantó y caminó hasta la ventana para acercar la fotografía a la luz.
Entonces aparecieron unos números.
22 / 09 / 98
Yara sintió un escalofrío inmediato.
Conocía esa fecha.
Todo el mundo en el edificio la conocía.
El incendio.
Archivo Central.
Planta -2.
Aunque oficialmente el caso se cerró hacía más de veinte años, todavía había gente que evitaba hablar de aquello.
Demasiada gente.
Yara volvió lentamente a la mesa.
Abrió el segundo documento.
La hoja mecanografiada.
Solo tenía una frase:
El expediente nunca existió.
Ni firma
Ni fecha.
Nada.
—Sabía que volverías a abrirlo.
Yara levantó la cabeza de golpe.
Eric estaba apoyado en la puerta del despacho.
Llevaba el abrigo mojado por la lluvia y una expresión cansada que no le había visto antes.
—¿Tú sabes algo de esto? —preguntó ella.
Eric tardó unos segundos en responder.
—Sé que deberías dejarlo donde estaba.
—No sé dónde estaba.
—Exacto.
La respuesta la irritó más de lo que esperaba.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Eric cerró la puerta detrás de él y caminó lentamente hasta la mesa.
Cuando vio la fotografía, apartó la vista casi de inmediato.
Y Yara lo notó.
—La conoces.
—No.
Mintió demasiado rápido.
Yara cruzó los brazos.
—Entonces explícame por qué todos reaccionáis raro con este expediente.
Eric guardó silencio unos segundos.
Después miró directamente la fotografía.
—Porque esa mujer no debería existir.
El despacho quedó completamente quieto.
Yara soltó una pequeña risa nerviosa.
—Vale. Muy tranquilizador todo.
Pero Eric no sonrió.
Ni siquiera un poco.
Eso fue lo peor.
Yara volvió a mirar la imagen.
—¿Quién es?
Eric dudó.
Como si estuviera decidiendo cuánto debía contar.
—Se llamaba Vany.
El nombre hizo que algo extraño se moviera dentro de la cabeza de Yara
Un recuerdo.
Una sensación.
Algo imposible de atrapar.
—¿La conocí?
—No.
Pero volvió a mentir.
Yara podía sentirlo.
Eric apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Escúchame bien. Si alguien pregunta por ese expediente, tú no lo has visto.
—Eric…
—Hablo en serio.
La lluvia golpeó con más fuerza las ventanas.
En algún lugar del edificio se escuchó un golpe metálico.
Lejano.
Seco.
Yara observó otra vez la fotografía.
Entonces lo vio.
En el cristal de la ventana, detrás del reflejo de la mesa, apareció durante apenas un segundo la silueta de una mujer.
Sentada.
Inmóvil.
Mirándola.
Yara se giró inmediatamente.
No había nadie.
El despacho estaba vacío.
Cuando volvió hacia la mesa, Eric había perdido completamente el color del rostro.
Porque él también lo había visto.
Y por primera vez desde que apareció el expediente, Yara sintió miedo de verdad.
No del archivo.
No de Vany
Sino de la posibilidad de que alguien hubiese esperado todos esos años para encontrarla otra vez.
Capítulo III- El interrogatorio
La lluvia no había parado en toda la tarde.
Desde la ventana del despacho, Yara veía las luces de la ciudad deformarse contra el cristal mojado. Todo parecía más lejano bajo la lluvia. Más lento.
Más irreal.
Eric seguía de pie junto a la mesa.
Callado.
Demasiado callado.
Yara dejó lentamente la fotografía de “Vany” sobre el expediente.
—¿Quién la interrogó?
Eric levantó la vista.
—¿Qué?
—Si existía un expediente, alguien tuvo que hablar con ella.
Eric no respondió inmediatamente.
Eso bastó.
Yara dio un paso hacia él.
—¿Quién fue?
Eric se pasó una mano por el rostro antes de responder.
— Gael
El nombre cayó en el despacho como algo pesado.
Yara frunció el ceño.
—No me suena.
—Porque ya no trabaja aquí.
—¿Lo despidieron?
Eric soltó una risa seca.
Sin humor.
—Digamos que desapareció antes de que pudieran hacerlo.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
Yara odiaba aquella forma de hablar.
Las medias frases.
Los silencios largos.
Las respuestas incompletas.
Todo el mundo en ese edificio parecía comunicarse como si estuvieran evitando activar una bomba.
—Quiero hablar con él.
Eric la miró directamente.
—No quieres.
—No me digas lo que quiero.
—No tienes idea de quién era Gael.
Yara cruzó los brazos.
—Entonces explícamelo.
Eric dudó unos segundos.
Después se sentó lentamente frente a ella.
Parecía agotado.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo intentando sostener algo que ya empezaba a romperse.
—Gael trabajaba en análisis conductual antes del incendio.
—¿Psicología criminal?
—Algo parecido.
—¿Y Vany?
Eric bajó la mirada hacia la fotografía.
—Vany llegó aquí en el 98.
—¿Aquí dónde?
—Al departamento.
La respuesta hizo que Yara sintiera un pequeño escalofrío.
—¿Trabajaba aquí?
—No exactamente.
—Entonces ¿qué hacía?
Eric tardó demasiado en responder.
—La trajeron.
Yara notó inmediatamente el cambio en el ambiente.
La palabra no había sonado bien.
No “vino”.
No “entró”.
No “apareció”.
La trajeron.
Como si Vany nunca hubiera tenido elección.
—¿Por qué?
Eric respiró hondo.
—Porque afirmaba recordar cosas que no habían ocurrido.
Yara soltó una pequeña risa incrédula.
—Eso no tiene sentido.
—Nada relacionado con ella lo tenía.
La lluvia golpeó con más fuerza las ventanas.
Eric continuó hablando sin apartar la vista del expediente.
—Gael fue el primero en interrogarla.
—¿Y?
—Al principio pensaron que deliraba.
—¿Qué decía?
Eric permaneció unos segundos en silencio.
—Decía que ciertas personas podían desaparecer de la memoria colectiva.
Yara lo miró fijamente.
—¿Qué significa eso?
—Que podías conocer a alguien durante años… y un día simplemente olvidarlo.
Como si nunca hubiese existido.
Yara iba a responder algo cuando el fluorescente del techo parpadeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Después volvió a estabilizarse.
Eric ni siquiera reaccionó.
Como si estuviera acostumbrado.
—Gael pasó semanas interrogándola —continuó—. Grabaciones. Informes. Evaluaciones psicológicas.
—¿Y qué descubrieron?
Eric levantó lentamente la mirada.
—Que Vany sabía cosas imposibles.
El despacho volvió a quedarse en silencio.
Yara sintió la garganta seca.
—¿Como qué?
—Detalles sobre personas que aún no habían desaparecido.
El corazón de Yara se tensó ligeramente.
—Eso es imposible.
—Sí.
Eric observó la fotografía unos segundos.
—Eso mismo dijo Gael al principio.
—¿Y después?
Eric sonrió apenas.
Una sonrisa cansada.
Vacía.
—Después dejó de dormir.
Yara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué le pasó?
Eric apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—El último interrogatorio ocurrió tres días antes del incendio.
—¿Vany estaba allí cuando pasó?
—No.
—¿Entonces?
Eric tragó saliva.
Por primera vez parecía realmente incómodo.
—Cuando llegaron los bomberos… la sala de interrogatorios estaba vacía.
—¿Y Gael?
Eric tardó unos segundos en responder.
—Gael seguía dentro.
Yara lo observó en silencio.
—¿Muerto?
Eric negó lentamente con la cabeza.
—Peor.
La oficina pareció quedarse todavía más fría.
—¿Qué significa eso?
Eric la miró directamente.
—Que seguía vivo.
Pero no recordaba quién era.
Y entonces el teléfono del despacho empezó a sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Yara miró la pantalla.
Número oculto.
Eric palideció inmediatamente.
—No contestes.
Pero Yara ya había levantado el auricular.
Al otro lado solo se escuchaba respiración.
Lenta.
Irregular.
Y después, una voz de mujer.
Muy baja.
Casi un susurro.
—Él nunca dejó de buscarme.
La línea se cortó.
Y sobre la mesa, la fotografía de Vany acababa de desaparecer.
Capítulo IV- La cinta
La lluvia golpeaba las ventanas con violencia.
El despacho olía a polvo húmedo, café frío y papel viejo. Yara seguía sentada frente a la mesa sin apartar la vista de la grabadora.
Eric había dejado la cinta junto al expediente.
Como si no quisiera volver a tocarla.
Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido débil del fluorescente.
Después Yara rompió el silencio.
—Quiero saber qué le pasó a Gael.
Eric no respondió enseguida.
Se quedó mirando la lluvia detrás del cristal.
—No vas a encontrar una respuesta limpia.
—No te he pedido una respuesta limpia.
Eric soltó aire lentamente por la nariz.
Cansado.
Derrotado.
—Gael desapareció hace nueve años.
Yara frunció el ceño.
—¿Desapareció cómo?
Eric se giró hacia ella.
—Entró en este edificio un martes por la mañana.
A las ocho y dieciséis.
Tenemos cámaras.
Registros.
Testigos.
Todo.
Hizo una pausa breve.
—Pero nunca salió.
El despacho quedó completamente en silencio.
Yara sintió un escalofrío lento recorrerle la espalda.
—Eso es imposible.
—Sí.
Eric caminó lentamente hacia el archivador.
Sacó una carpeta vieja llena de documentos doblados y la dejó sobre la mesa.
Dentro había informes, fotografías y hojas llenas de anotaciones escritas a mano.
Todo relacionado con Gael.
O lo que quedaba de él.
Yara cogió una fotografía.
Gael estaba sentado en la cafetería del edificio mirando hacia alguien fuera de cámara.
Sonreía apenas.
Parecía normal.
Demasiado normal para alguien que terminaría desapareciendo sin dejar rastro.
—¿Qué hacía aquí?
—Análisis conductual.
Entrevistas.
Evaluaciones psicológicas.
—¿Y Vany?
Eric bajó la mirada hacia la fotografía del expediente.
La mujer de la estación.
—Vany llegó meses antes del incendio.
—¿La trajeron aquí?
Eric asintió.
—Gael fue uno de los primeros en hablar con ella.
Yara sintió un pequeño vacío en el estómago.
—¿Y qué ocurrió?
Eric tardó demasiado en responder.
—Al principio nada.
La luz volvió a parpadear.
Muy brevemente.
Eric continuó hablando.
—Después Gael empezó a obsesionarse con el caso.
—¿Obsesionarse cómo?
—Pasaba noches enteras aquí.
Revisando grabaciones.
Escribiendo informes.
Haciendo preguntas absurdas.
Yara cruzó los brazos.
—¿Qué tipo de preguntas?
Eric levantó lentamente la mirada.
—Preguntas sobre la memoria.
El despacho volvió a quedarse quieto.
—Gael decía que Vany sabía cosas que no podía saber.
Detalles sobre personas.
Conversaciones.
Eventos que todavía no habían ocurrido.
Yara notó el aire más frío.
—Eso no tiene sentido.
—Gael dejó de preocuparse por el sentido hace mucho tiempo.
Eric abrió lentamente la grabadora.
La cinta seguía dentro.
—La última noche fue aquí.
Yara observó cómo sus dedos dudaban antes de tocar el botón de reproducción.
Como si incluso ahora le diera miedo escucharla.
El clic sonó seco dentro del despacho.
Ruido estático.
Respiración.
Después una voz masculina.
Gael.
Cansado.
—Registro de sesión… cero dos diecisiete…
Papel moviéndose.
Luego otra voz.
La voz de Vany.
Calma.
Demasiado calma.
—Hoy estás más asustado que ayer.
Gael soltó una pequeña risa nerviosa al otro lado de la cinta.
—Eso es porque ayer todavía recordaba algunas cosas.
Silencio.
Yara sintió cómo el estómago se le tensaba lentamente.
La voz de Vany volvió a escucharse.
—¿Qué has olvidado hoy?
Hubo unos segundos largos.
Después Gael respondió muy bajo.
—Mi casa.
El ruido de la cinta aumentó.
Eric apretó la mandíbula.
Yara no apartaba la vista de la grabadora.
—Eso no es posible… —susurró.
Eric no respondió.
La grabación continuó.
—Anoche soñé contigo —dijo Gael—.
Estabas sentada en la estación otra vez.
Vany tardó unos segundos en hablar.
—No era un sueño.
Un golpe seco sonó en la cinta.
Como si alguien hubiese movido una silla bruscamente.
La respiración de Gael se volvió irregular.
—¿Qué me estás haciendo?
Esta vez la voz de Vany sonó distinta.
Más fría.
Más lejana.
—Yo no te estoy haciendo nada.
Silencio.
Después:
—Tú empezaste a recordarme demasiado tarde.
La cinta emitió un sonido distorsionado.
Y entonces ocurrió algo peor.
La voz de Gael cambió.
Asustada.
Confusa.
—¿Quién es Eric?
Yara levantó la vista inmediatamente hacia él.
Eric estaba completamente pálido.
—¿Qué significa eso?
Eric no respondió.
Porque en ese momento las luces del despacho se apagaron.
Todo quedó a oscuras.
Y desde algún lugar del pasillo se escucharon pasos.
Lentos.
Arrastrados.
Acercándose a la puerta.
Capítulo V- Los pasos del pasillo
Las luces no volvieron inmediatamente.
El despacho quedó sumergido en una oscuridad espesa, apenas rota por la lluvia golpeando las ventanas.
Yara dejó de respirar un instante.
Los pasos seguían ahí.
Lentos.
Arrastrados.
Cada vez más cerca de la puerta.
Eric levantó una mano pidiéndole silencio.
No hizo falta.
El sonido en el pasillo era suficiente para inmovilizar a cualquiera.
Paso.
Arrastre.
Paso.
Como si alguien caminara descalzo sobre el suelo húmedo.
La grabadora seguía encendida sobre la mesa.
El pequeño motor de la cinta giraba todavía, emitiendo un ruido mecánico constante que se mezclaba con la tormenta.
Yara sintió el corazón golpeándole demasiado fuerte.
—¿Quién hay ahí? —susurró.
Eric no respondió.
Seguía mirando la puerta.
Tenso.
Como si ya supiera la respuesta y deseara estar equivocado.
Entonces los pasos se detuvieron justo al otro lado.
Silencio.
Uno horrible.
De esos que hacen que cualquier ruido pequeño parezca una amenaza.
Yara escuchó algo más.
Respiración.
Muy suave.
Pegada a la puerta.
Eric retrocedió lentamente hasta la mesa.
—No hagas ruido —murmuró.
Yara iba a responder cuando algo golpeó la puerta desde fuera.
Una vez.
Seco.
Los dos se quedaron congelados.
Otro golpe.
Más fuerte esta vez.
La vieja madera vibró ligeramente.
Yara notó un escalofrío recorrerle los brazos.
—¿Quién es? —preguntó Eric, intentando mantener la voz firme.
No hubo respuesta.
Solo respiración.
Lenta.
Irregular.
Como si quien estuviera fuera llevase mucho tiempo corriendo.
Después llegó el tercer golpe.
Brutal.
La lámpara del techo tembló.
Y la grabadora volvió a activarse sola.
La voz distorsionada de Gael llenó el despacho entre interferencias.
—…no abras la puerta…
Ruido estático.
Respiración agitada.
—…si ella viene… no la mires…
La cinta chirrió violentamente.
Y entonces otra voz apareció de fondo.
Una voz de mujer.
Muy cerca del micrófono.
—Ya me recuerda.
La puerta recibió otro golpe.
Esta vez tan fuerte que Yara dio un paso atrás involuntariamente.
Eric agarró la grabadora y apagó la cinta de golpe.
El silencio cayó otra vez.
Yara podía escuchar su propia respiración.
Después algo cambió.
Los golpes pararon.
También la respiración.
Nada.
Eric se acercó lentamente a la puerta.
—¿Qué haces? —susurró Yara.
Él no respondió.
Miró por la pequeña abertura del cristal esmerilado.
Y se quedó completamente quieto.
Yara sintió el miedo subirle lentamente por el pecho.
—¿Qué ves?
Eric seguía inmóvil.
Demasiado inmóvil.
—Eric…
Él retrocedió lentamente de la puerta.
Muy despacio.
La cara completamente pálida.
—No había nadie.
Antes de que Yara pudiera responder, algo sonó detrás de ellos.
Un clic suave.
Los dos se giraron inmediatamente.
La fotografía de Vany estaba otra vez sobre la mesa.
Pero ellos la habían guardado dentro del expediente.
Y ahora había algo diferente.
Yara se acercó lentamente.
Las manos le temblaban.
La imagen había cambiado.
Vany seguía sentada en la estación.
Pero ya no estaba sola.
Había alguien de pie detrás de ella.
Una figura oscura.
Borrosa.
Alta.
Yara sintió un vacío helado en el estómago.
Porque incluso sin distinguir el rostro…
Sabía quién era.
Gael.
Eric agarró la fotografía inmediatamente.
Demasiado tarde.
Porque al darle la vuelta, los dos vieron la nueva frase escrita detrás.
Con tinta negra todavía húmeda.
“Él ya ha vuelto.”
…….Pero esto solo acaba de empezar…………..La historia ………..……no………...termina……..…..continuará……en los próximo capítulos………………….…
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