Amb un Café i una Llei
“Todo expediente oculta algo. Incluso lo que nunca existió.”
Capítulos VI, VII, VIII, IX
Capítulo VI — El regreso
Eric no soltó la fotografía inmediatamente.
La miraba fijamente.
Como si esperara que la imagen cambiara otra vez delante de él.
Yara podía escuchar la lluvia golpeando las ventanas y el zumbido irregular de las luces del techo.
Nada más.
El pasillo seguía en silencio.
Demasiado silencio.
—Esto no tiene gracia —murmuró ella.
Eric levantó la vista lentamente.
Tenía peor cara que antes.
Mucho peor.
—No estábamos preparados para que volviera tan pronto.
Yara frunció el ceño.
—¿Volviera? ¿De qué estás hablando?
Eric abrió la boca para responder.
Pero en ese momento algo sonó en el despacho de al lado.
Un golpe seco.
Después otro.
Como cajones abriéndose.
Yara se giró automáticamente hacia la pared.
El ruido continuó.
Metal arrastrando contra metal.
Archivadores.
Alguien estaba revisando documentos.
Eric retrocedió un paso.
—No puede ser.
—¿Quién está ahí?
Él negó con la cabeza muy despacio.
—No deberíamos seguir aquí.
Otro golpe.
Más fuerte.
Después el ruido se detuvo de golpe.
Silencio otra vez.
Yara notó el corazón latiéndole demasiado rápido.
—Voy a mirar.
Eric reaccionó inmediatamente.
—No.
—No pienso quedarme aquí sin entender nada.
—Precisamente por eso no debes salir.
Yara ya había agarrado la manilla.
La abrió antes de que Eric pudiera detenerla.
El pasillo estaba vacío.
Las luces parpadeaban lentamente sobre la moqueta húmeda.
Al fondo, la puerta del archivo auxiliar estaba entreabierta.
Oscura.
Yara miró hacia atrás.
Eric seguía dentro del despacho.
Tenso.
Inmóvil.
Como si cruzar aquella puerta fuese una mala idea.
Eso solo consiguió que Yara quisiera avanzar más.
Caminó lentamente por el pasillo.
El ruido de sus pasos parecía demasiado fuerte.
Al acercarse al archivo, notó algo raro.
El aire estaba más frío.
Mucho más frío.
Empujó la puerta.
Dentro olía a papel viejo y humedad.
Varias carpetas estaban tiradas por el suelo.
Los cajones abiertos.
Como si alguien hubiera buscado algo con prisa.
Y entonces lo vio.
Una cinta de casete encima de la mesa.
Negra.
Sin etiqueta.
Todavía girando lentamente.
Como si acabara de detenerse hacía segundos.
—Yara.
La voz de Eric sonó desde la puerta.
Tensa.
Ella levantó la cinta.
—¿La conoces?
Eric tardó demasiado en responder.
Después asintió.
—No debería estar aquí.
—Pues ya son muchas cosas que no deberían estar aquí.
Yara dio la vuelta a la cinta.
Había algo escrito con tinta azul.
Solo una frase.
“Sesión final.”
Eric perdió completamente el color del rostro.
—Tenemos que destruirla.
—¿Qué?
—Ahora.
Yara lo miró fijamente.
—¿Por qué?
Eric tragó saliva.
—Porque esa fue la última grabación antes del incendio.
El fluorescente del techo empezó a zumbar más fuerte.
La luz parpadeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y entonces la cinta comenzó a reproducirse sola.
Sin reproductor.
Sin cables.
Solo el sonido llenando lentamente la habitación.
Ruido estático.
Respiración.
Después una voz masculina.
Gael.
Muy cansado.
—Registro… sesión final…
Silencio.
La voz volvió a sonar.
Más baja.
—Si alguien escucha esto… no cometáis el mismo error que nosotros.
La interferencia aumentó.
Y luego apareció la voz de Vany.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Ya es tarde para eso.
Eric cerró los ojos.
Como si ya supiera lo que venía después.
Gael respiraba rápido al otro lado de la grabación.
—No entiendo qué eres.
Vany tardó unos segundos en responder.
—No soy yo quien desaparece.
Y entonces se escuchó algo horrible.
Varias voces.
Muchas.
Susurrando al mismo tiempo.
Nombres.
Decenas de nombres.
Como personas intentando recordar algo antes de olvidarlo.
Y entre todos ellos…
Yara escuchó el suyo.
Muy claro.
Muy cerca de su oído.
Giró de golpe.
No había nadie detrás.
Pero la voz volvió a sonar.
Esta vez fuera de la cinta.
Justo a su espalda.
—Ahora tú también me recuerdas.
Capítulo VII — La planta -2
Yara se giró tan rápido que golpeó la mesa del archivo.
No había nadie.
Solo las carpetas abiertas.
La lluvia.
Y el sonido de la cinta girando sola.
Eric apagó el casete de golpe y lo guardó dentro del abrigo.
Tenía las manos temblando.
—Nos vamos.
—No hasta que me expliques qué está pasando.
—No hay tiempo.
—Llevo horas escuchando lo mismo.
Eric pasó una mano por el rostro, agotado.
Parecía alguien intentando decidir cuánto podía contar sin empeorar las cosas.
Después miró directamente a Yara.
—¿Recuerdas la planta -2?
Ella frunció el ceño.
—Está cerrada desde el incendio.
—Oficialmente.
La respuesta le provocó un escalofrío.
Eric abrió lentamente la puerta del archivo y miró el pasillo vacío antes de continuar.
—Después del incendio encontraron cosas allí abajo.
—¿Qué cosas?
Él dudó.
—Grabaciones. Informes. Habitaciones que no aparecían en los planos del edificio.
Yara lo observó en silencio.
—¿Qué hacían en esa planta?
Eric bajó la voz.
—Intentaban estudiar a personas como Vany.
El fluorescente volvió a parpadear.
Durante un segundo, el pasillo quedó completamente oscuro.
Cuando la luz regresó, algo había cambiado.
La puerta del despacho de Yara estaba abierta.
Ellos la habían dejado cerrada.
Los dos la miraron sin hablar.
Después Eric empezó a caminar deprisa.
—No tendríamos que haber dejado el expediente solo.
Entraron al despacho.
Todo parecía igual.
Las mesas.
Los ordenadores.
Las luces temblando.
Pero el archivador gris ya no estaba sobre la mesa.
Yara sintió un vacío inmediato en el estómago.
—No…
Eric abrió cajones rápidamente.
Revisó carpetas.
Papeles.
Nada.
El expediente había desaparecido.
Entonces escucharon un ruido suave.
El ascensor.
Las puertas acababan de abrirse al fondo del pasillo.
Yara miró automáticamente.
La pantalla roja sobre el ascensor marcaba un número imposible.
-2
Eric se quedó completamente inmóvil.
—Eso no puede funcionar.
Las puertas permanecían abiertas.
Oscuridad absoluta dentro.
Como una boca abierta al final del corredor.
Yara sintió el aire más frío.
Después algo salió lentamente de aquella oscuridad.
No una persona.
Humo.
Una especie de niebla negra arrastrándose por el suelo.
Eric retrocedió inmediatamente.
—No mires dentro.
Pero Yara ya lo estaba haciendo.
Y entonces vio a alguien.
Una mujer sentada al fondo del ascensor.
Inmóvil.
Con las manos cruzadas sobre el regazo.
Vany.
La misma ropa de la fotografía.
La misma mirada fija.
Esperándolos.
Yara dejó de respirar.
Porque Vany sonrió lentamente.
Como si llevase años sabiendo que aquel momento iba a ocurrir.
Después habló.
Con una voz tranquila.
Normal.
Casi amable.
—He esperado mucho tiempo para que alguien volviera a bajar.
Capítulo VIII — Lo que quedó abajo
Eric agarró a Yara del brazo antes de que pudiera acercarse al ascensor.
—Ni se te ocurra.
Pero ella no apartaba la vista de Vany.
Seguía sentada dentro.
Quieta.
Como si el tiempo no pasara para ella.
La luz roja del panel continuaba marcando “-2”.
El número parpadeaba lentamente.
Encendido.
Apagado.
Encendido.
Apagado.
—La planta está clausurada —susurró Yara.
Eric soltó una risa seca.
—Muchas cosas aquí están clausuradas.
Vany inclinó apenas la cabeza desde el interior del ascensor.
—Todavía sigue mintiéndote.
Eric tensó la mandíbula.
—Cállate.
La voz de Vany sonaba extrañamente cercana.
Como si no viniera del ascensor.
Como si estuviera dentro del propio pasillo.
Dentro del edificio.
—No deberías haber abierto el expediente, Yara.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
Vany sonrió apenas.
Una sonrisa cansada.
Triste.
—Eso es lo que llevan preguntándose desde 1998.
El fluorescente explotó encima de ellos.
Cristales pequeños cayeron sobre la moqueta.
Y durante un instante todo quedó casi a oscuras.
Solo la luz roja del ascensor iluminaba el pasillo.
Eric dio un paso atrás.
—No hables con ella.
—¿Por qué?
—Porque cuanto más la recuerdas… más fuerte se vuelve.
Yara miró hacia él.
—¿Qué significa eso?
Eric tardó unos segundos en responder.
—Que no desaparece mientras alguien piense en ella.
El silencio se volvió pesado.
Vany seguía observándolos desde el ascensor.
Sin moverse.
—Gael entendió eso demasiado tarde —dijo.
El nombre cayó en el pasillo como algo vivo.
Yara sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué le hiciste?
Por primera vez, Vany dejó de sonreír.
—Yo no le hice nada.
La puerta del ascensor empezó a cerrarse lentamente.
Eric reaccionó al instante.
—No.
Corrió hacia el ascensor antes de que las puertas se cerraran del todo.
Yara lo siguió.
Demasiado tarde.
Las puertas se cerraron frente a ellos con un golpe seco.
El ascensor empezó a bajar.
-1
-2
Después las luces del panel se apagaron.
Silencio.
Eric apoyó las manos contra la puerta metálica.
Respiraba rápido.
Como alguien viendo repetirse una pesadilla.
Yara lo observó unos segundos.
—Tú bajaste allí antes.
Eric no respondió.
Eso bastó.
—¿Qué pasó en la planta -2?
Él cerró los ojos.
—Intentamos borrar todos los registros de Vany después del incendio.
—¿Quiénes?
—Gael. Filipe. Yo… y otros.
Yara sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Eric la miró por fin.
Y en su cara había algo peor que miedo.
Culpa.
—Porque descubrimos que cuanto más gente la recordaba… más cosas empezaban a cambiar.
El pasillo quedó completamente quieto.
—¿Cambiar cómo?
Eric tragó saliva.
—Personas desaparecían.
Documentos cambiaban solos.
La gente olvidaba familiares. Amigos. A veces años enteros de su vida.
Yara recordó la grabación.
“¿Qué has olvidado hoy?”
Sintió frío inmediatamente.
—¿Qué era Vany?
Eric bajó la mirada.
—No lo sé.
Y entonces sonó el teléfono del despacho.
Los dos se giraron de golpe.
El sonido atravesaba toda la oficina vacía.
Una vez.
Dos.
Tres.
Yara caminó lentamente hacia la mesa.
Eric no intentó detenerla esta vez.
Ella levantó el auricular.
Silencio.
Después respiración.
Y finalmente la voz de Gael.
Muy baja.
Muy cansada.
—No bajéis otra vez.
Capítulo IX — La llamada
La línea se cortó inmediatamente después.
Yara se quedó inmóvil con el auricular pegado al oído.
El tono muerto sonaba débil al otro lado.
Eric se acercó despacio.
—¿Qué ha dicho?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Era Gael.
Eric negó con la cabeza casi al instante.
Como si necesitara convencerse a sí mismo antes que a ella.
—No puede ser.
—He escuchado su voz.
—No sabes cómo sonaba Gael.
Yara dejó lentamente el teléfono en su sitio.
—Entonces tú sí.
El silencio entre los dos se volvió incómodo.
Pesado.
Eric miró hacia el pasillo oscuro.
Después hacia el ascensor apagado.
Parecía estar pensando en irse.
En salir del edificio y no volver nunca más.
Pero ya era tarde para eso.
Los dos lo sabían.
Yara volvió a sentarse frente al escritorio.
Algo seguía molestándole.
Una sensación pequeña.
Persistente.
Miró la mesa.
El expediente seguía desaparecido.
La grabadora también.
Pero había algo nuevo.
Un folio doblado junto al teclado del ordenador.
Ella estaba segura de que antes no estaba allí.
Eric también lo vio.
—No lo toques.
Yara ya lo estaba abriendo.
Dentro solo había una frase escrita a mano.
“Pregúntale qué ocurrió en la sala 14.”
Eric palideció inmediatamente.
Yara levantó la vista.
—¿Qué es la sala 14?
Él no respondió.
Demasiado lento.
Demasiado silencio.
—Eric.
Se pasó una mano por la boca antes de hablar.
—Era una de las salas de interrogatorio de la planta -2.
—¿La de Vany?
Eric asintió muy despacio.
La lluvia seguía golpeando las ventanas.
Más fuerte ahora.
Como si la tormenta estuviera encima del edificio.
—¿Qué ocurrió allí?
Eric se quedó mirando el papel.
—Gael entró solo la última noche.
—¿Y?
—Cerró la puerta desde dentro.
Yara sintió otro escalofrío.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Casi seis horas.
—¿Y nadie entró?
Eric soltó una risa breve.
Vacía.
—Lo intentamos.
Yara lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
Eric levantó lentamente la cabeza.
—Las puertas no abrían.
El despacho quedó en silencio otra vez.
—¿Bloqueadas?
—No exactamente.
—Entonces.
Eric tragó saliva.
—La sala desapareció.
Yara sintió un frío inmediato en el pecho.
—Eso no tiene sentido.
—Cuando llegamos al pasillo… la puerta ya no estaba.
El zumbido de las luces pareció hacerse más fuerte.
—Había una pared.
—¿Qué?
—Como si la sala nunca hubiese existido.
Yara notó la garganta seca.
Eric hablaba muy bajo ahora.
Casi como si le costara recordar.
—Gael seguía escuchándose al otro lado.
Ella dejó de respirar un instante.
—¿Cómo?
—Golpeaba la pared. Pedía ayuda. Decía que ella seguía allí dentro.
Yara sintió las manos frías.
—¿Y después?
Eric apartó la mirada.
—Después dejó de recordar quién era.
El despacho quedó completamente quieto.
Solo lluvia.
Respiración.
El fluorescente temblando sobre ellos.
Y entonces el ordenador de Yara se encendió solo.
La pantalla negra iluminó la oficina.
Texto blanco.
ACCESO RECUPERADO — SALA 14
Debajo apareció una única opción.
REPRODUCIR
Eric retrocedió inmediatamente.
—No.
Pero Yara ya tenía la mano sobre el ratón.
Y antes de que él pudiera detenerla…
Hizo clic.
Y lo peor no era lo que había en la planta -2… sino quién llevaba años esperando que Yara regresara allí...
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