Amb un Café i una Llei
Todo bajo control (o casi): una nueva etapa ilusionante
Confianza, sobre todo confianza
En Andorra parece que hemos decidido apostar por un modelo valiente: menos teoría, más emoción y, especialmente, apostar fuertemente por la juventud, el frescor y, sobre todo, por ese concepto tan moderno de "iremos aprendiendo sobre la marcha" y dar una oportunidad a un concepto innovador: ¡aprender ejerciendo!
El proceso para incorporar batlles y fiscales llega lleno de candidatos, algo que siempre reconforta y tranquiliza; alguien pregunta por la experiencia y se hace ese silencio tan… jurídico…
Pero no pasa nada. El silencio también es parte del procedimiento. Pero bueno, tampoco nos atasquemos ahí... ¡hasta que uno recuerda ese “pequeño detalle” llamado experiencia!
Pero no seamos demasiado exigentes. La experiencia está sobrevalorada.
Si lo piensas bien, nadie nace enseñado. Ni siquiera un juez.
Bueno, quizá antes sí lo estaban... pero eso es muy anticuado.
Al fin y al cabo, todo es empezar. Y si se empieza fuerte, mejor.
Hay aspirantes que, según se comenta, están más cerca del “primer día con nervios y manos sudadas” que del “llevo años viendo causas complicadas mientras desayuno tranquilo”. Y claro, eso tiene su encanto.
Imagínate la escena: sala llena, todo el mundo en silencio, y el nuevo juez pensando:
“Vale… ¿esto iba antes o después del ‘queda visto para sentencia’?”
Pura adrenalina institucional.
Quizá simplemente estemos ante un cambio de paradigma. Una justicia más dinámica, más flexible… más “beta”. De esas que se actualizan con el tiempo.
¿Errores? Bueno, no los llamaremos errores… los llamaremos “aprendizaje en vivo”. Que queda mucho mejor y es más moderno.
Además, así también se fomenta la participación ciudadana: nunca sabes si ese día asistirás a un juicio o a una clase práctica en directo.
Guía rápida para sobrevivir como nuevo juez:
· Si dudas, mira los papeles con cara intensa
· Si sigues dudando, vuelve a mirarlos, pero más lentamente
· Si alguien te habla con seguridad, asiente (siempre funciona)
Y en caso extremo… ¡di “queda visto para sentencia” y ya lo mirarás después!!
¿Profesionalidad? Bien. ¿Creatividad? También.
Algunos sectores están preocupados. Otros confían. Y luego está el resto, que simplemente observa con esa expresión de: “Esto promete… pero no sé si en el buen sentido”.
Sea como sea, lo que está claro es que la justicia andorrana nunca había estado tan… emocionante. Y eso, al menos, no se puede negar.
Quizá es solo una cuestión de tiempo. De rodaje. De ir afinando.
Y mientras tanto, los demás observamos con esa sonrisa discreta que dice:
“Interesante… muy interesante”.
Sin prisas. Pero sin perder detalle.
Leyendo algunos artículos en un Diari Andorrà (no es el Diari d’Andorra), uno llega a la conclusión de que la Justicia no estaba colapsada: simplemente practicaba una forma muy avanzada de supervivencia administrativa.
Porque claro, oír que no había planificación de jubilaciones, que las plazas vacantes generaban nuevas vacantes en cadena, que faltaba estructura y que muchas competencias no estaban claras… da una cierta tranquilidad.
Sobre todo porque hablamos del sistema judicial de un país y no de un grupo de amigos intentando organizar un viaje a última hora.
El sistema de los ofrecimientos es especialmente fascinante. Una persona se va de una plaza, deja un vacío, alguien ocupa ese vacío y deja otro vacío, y así hasta el infinito. Es prácticamente energía renovable administrativa. Si Einstein hubiera conocido este sistema, quizá habría añadido una cuarta ley de la termodinámica: “toda vacante judicial crea otra vacante igual o superior”.
Y luego están las incompatibilidades, recusaciones y habilitaciones, que en un país pequeño ya entran en el terreno del humor existencial. Llega un punto en que parece imposible encontrar a alguien que no haya coincidido con otro en algún juicio, comida, comunión o café. Cualquier día el requisito principal para ser magistrado será haber vivido cinco años en una cueva sin contacto humano.
Lo mejor es que todo esto se explica con una serenidad espectacular. “Ahora sí que tendremos organización”. “Ahora sí que planificaremos”. “Ahora sí que habrá herramientas”.
Y uno piensa: magnífico… pero entonces, ¿hasta ahora qué era exactamente esto? ¿Un escape room institucional?
Y la joya final es el tema de “la andorranización de la Justicia”. Porque tiene una belleza poética difícil de superar defender que el proceso está “muy avanzado” justo después de nombrar a una magistrada extranjera porque, básicamente, no queda suficiente gente para sostener el sistema. Es como inaugurar la semana del producto local mientras descargas camiones de fuera porque los estantes están vacíos.
Que sí, que es legal. Evidentemente. Todo perfectamente legal, validado y constitucional. Pero la imagen sigue teniendo un punto delicioso. “La Justicia está cada vez más andorranizada”… mientras se crea una bolsa urgente de magistrados sustitutos porque entre jubilaciones, recusaciones e incompatibilidades, cualquier día acabarán celebrando juicios con el primer voluntario que pase por la calle y sepa poner cara seria.
También es espectacular el concepto de “refuerzo”. Batlles de refuerzo, magistrados de refuerzo, inspectores de refuerzo… A este ritmo, la Justicia parece menos una institución y más un andamio gigante aguantándose con tubos provisionales para que no se caiga la fachada mientras se hacen obras eternas.
Y a pesar de todo, lo más increíble es que el sistema siga funcionando. Con retraso, con tensión, con parches y probablemente con tres personas apagando incendios cada mañana antes del café, pero funciona. Que sinceramente ya no es administración pública: es directamente paranormal.
La verdad es que toda esta situación ya ha superado la fase de “debate institucional” y ha entrado directamente en el género de comedia negra administrativa.
Porque es espectacular ver cómo se habla constantemente de mérito, transparencia y requisitos mientras, paralelamente, existe esa magia jurídica según la cual hay personas que tienen que demostrar hasta el grupo sanguíneo para optar a una plaza… y otras que, por el simple hecho de estar dentro del sistema, parece que hayan desbloqueado el “modo Premium”.
Hay gente que se pasa años acumulando experiencia, esperando plazos, cumpliendo protocolos, haciendo méritos e intentando encajar en todos los requisitos posibles.
Pero resulta que el tiempo administrativo es tan eficiente que cuando finalmente llega la oportunidad… sorpresa: ya es tarde, ya no toca o ahora el sistema necesita otra cosa. Un poco como hacer cola durante diez años ante una puerta y descubrir que los de dentro han entrado por el aparcamiento privado.
Y lo mejor es la delicadeza con que se disfraza todo esto. No, no hay favoritismos. Hay “particularidades estructurales”. No hay contradicciones. Hay “disfunciones temporales”. No hay gente jugando con ventaja. Hay “perfiles adaptados a las necesidades actuales”. Es maravilloso. Orwell estaría orgulloso.
También es muy tierno eso de defender los requisitos estrictos… excepto cuando molestan. Porque aquí parece que algunos requisitos son como las normas de tráfico: muy importantes hasta que conoces a alguien.
Y luego llega el discurso solemne sobre la meritocracia, que ya es directamente humor británico. Porque si algo queda claro es que hay dos velocidades: la de los que tienen que demostrar cada paso con luz, taquígrafo y certificado compulsado, y la de los que, una vez dentro, adquieren una especie de inmunidad administrativa divina. Una especie de “si llevas suficiente tiempo aquí, los requisitos ya te respetan solos”.
El sistema de los concursos también tiene su encanto. Oficialmente es una competición abierta y transparente. Extraoficialmente, a veces transmite la misma emoción que ver una carrera donde algunos participantes empiezan veinte metros por delante pero todo el mundo tiene que fingir que la salida ha sido igual para todos.
Y mientras tanto se sigue hablando de reorganización, modernización y futuro. Que está muy bien. Pero desde fuera hay momentos en los que parece que la Justicia no funcione con leyes sino con rituales antiguos: sacrificios burocráticos, esperas eternas y la misteriosa esperanza de que algún día Saturno entre en alineación con el departamento de recursos humanos.
Pero tranquilidad. Ahora sí que todo estará mejor estructurado. Ahora sí que habrá planificación. Ahora sí que los criterios serán claros. Y esta vez seguro que sí. Igual que las otras quince veces que también era “ahora sí”.
La situación ya es tan surrealista que cuesta saber si estamos hablando de un proceso para acceder a la Justicia o de un reality show de supervivencia extrema.
Porque el temario de más de 200 temas merece un estudio científico. Doscientos cuatro temas. Prácticamente te piden prepararte como si fueras a entrar en la NASA, dirigir una operación militar y resolver el conflicto mundial a la vez… para que luego el examen acabe resumido en dos preguntas y una mirada intensa del tribunal. Es espectacular. Más que una oposición parece una ultramaratón mental patrocinada por café y ansiolíticos.
Y claro, lo más poético de todo es descubrir que hay personas dejándose la salud estudiando una enciclopedia entera mientras otros, en otras épocas, podían llegar a ciertas responsabilidades sin ni siquiera tener una formación jurídica estricta porque la normativa lo permitía. ¿Que es legal? Sí. ¿Que visto hoy tiene un punto de comedia negra? También.
Es un poco como si ahora obligaran a todos los pilotos de avión a pasar simuladores imposibles, dominar meteorología, ingeniería aeronáutica y protocolos internacionales… pero luego descubrieras que algunos comandantes antiguos empezaron porque “bueno, parecían gente tranquila y tenían buena letra”.
O como organizar hoy un Ironman donde unos participantes tienen que nadar 4 km, hacer 180 km en bicicleta y terminar un maratón… mientras otros explican que en su tiempo la prueba consistía básicamente en caminar rápido hasta el bar más cercano.
Pero eso sí: todos con la misma medalla oficial.
Y el discurso institucional aún lo hace mejor. Se habla constantemente de excelencia, rigor y profesionalización mientras la gente mira el temario y entra directamente en las cinco fases del duelo. Porque una cosa es seleccionar a buenos profesionales y otra convertir el proceso en una experiencia cercana a un interrogatorio medieval pero con subrayadores fluorescentes.
Lo más divertido es que probablemente si hoy resucitara alguien que entró hace décadas con los criterios antiguos, quizá ni pasaría la primera fase de los procesos actuales.
Pero aquí está la magia administrativa: las normas siempre son muy estrictas… sobre todo para los que llegan tarde a la fiesta.
Y después aún sorprende que haya frustración. Hombre, normal. Cuando tienes la sensación de que algunos han tenido que saltar un muro de tres metros con pesas en los tobillos mientras otros entraron cuando la puerta aún estaba abierta y había alfombra roja, cuesta no reír por no llorar.
Pero bueno, tranquilidad. Ahora sí que todo será moderno, estructurado y meritocrático. O eso dicen.
Que en términos administrativos suele significar: “hemos cambiado el PowerPoint, lo demás ya veremos”.
En fin, visto desde fuera, todo ello recuerda bastante a un partido de fútbol de esos absolutamente surrealistas: algunos jugaron la ida con el reglamento antiguo, el campo en buenas condiciones y primas de Champions League… y ahora los nuevos tienen que jugar la vuelta bajo la lluvia, con el campo lleno de barro, corriendo un maratón antes del partido y encima demostrando que merecen tocar el balón.
Porque el contraste también tiene su punto poético. Antes, con menos requisitos, menos obstáculos y menos exigencias, había sueldos que parecían fichas de primera división europea. Ahora, en cambio, entre oposiciones imposibles, 204 temas, protocolos eternos y exigencias casi nucleares, parece que la recompensa final sea un “ánimo campeón, al menos tienes experiencia”.
Y claro, uno no puede evitar imaginarse la situación como esos veteranos del fútbol que cuentan: “en nuestra época jugábamos por amor al deporte”… mientras cobran pensiones millonarias y los nuevos jugadores están haciendo cálculos para ver si pueden pagar el alquiler después de haber estudiado años seguidos sin ver la luz del sol.
Lo mejor es que todo se sigue vendiendo bajo el discurso del mérito y la excelencia. Que está muy bien. Pero llega un momento en que parece que los nuevos candidatos tengan que superar pruebas físicas, psicológicas, espirituales y probablemente hablar latín antiguo… para acabar entrando en un sistema donde algunos, años atrás, prácticamente accedieron con un “tú parece que tienes buena letra, ponte aquí”.
Y luego nos sorprendemos de que la gente tenga un poco de humor negro. Hombre, normal. Cuando unos han tenido que subir el Everest descalzos y otros entraron en teleférico, cuesta mantener el tono solemne todo el rato.
Pero vaya, si alguien se ha sentido ofendido, no era la intención. Es simplemente esa mirada irónica que sale cuando desde fuera ves un sistema tan serio, tan institucional y tan complejo… funcionando a veces con la misma energía que un partido de veteranos donde nadie corre pero todo el mundo cobra como si aún jugara la final del Mundial.
Gracias también a todos los candidatos que siguen estudiando, resistiendo y manteniendo la salud mental mínimamente estable después de 204 temas, plazos infinitos y procesos que a veces duran más que algunas carreras deportivas.
Porque llega un punto en el que, o te lo tomas con humor, o acabas abrazando el temario a las tres de la mañana mientras le preguntas en voz baja si realmente todo esto algún día tendrá sentido.
Muchos ánimos a los que siguen en la carrera: solo sobrevivir al sistema ya debería dar puntos extra en el concurso.
Pero bueno, tampoco haré más propuestas de reforma… no sea que al final todavía me hagan estudiar 204 temas más y acabe sustituyendo a media plantilla yo sola.
Y si alguien se ha sentido ofendido, sinceramente no era la intención; todo esto sale más de la solidaridad con quienes aún están picando piedra que de querer atacar a nadie.
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